Los Moreno

Paseando A La Señorita Aibi

5 julio, 2017

Es probable, casi, casi seguro que me vaya a arrepentir de escribir este post. ¿Por qué? Porque mi marido lo va a usar en mi contra al quererme pasar, así como quien no quiere la cosa, sus turnos de sacar a Aibi a pasear/mear/cagar (ustedes disculparán lo gráfico de mis palabras). La realidad es que cuando uno integra un peludo a su familia y a su hogar tiene que estar consciente de que esto conlleva responsabilidades.

Además de las evidentes: cuidados, amor, comida, agua, atención veterinaria (que por cierto en este país es más cara que mi educación en escuela de monjas). Tienes que saber que si no vives en una casa con jardín y espacio para que el peludo corretee en libertad y puedas salir a jugar con él para que saque su energía TIENES (sí, así con mayúsculas) que sacar a tu peludo a pasear. No sólo llevarlo a ese pedacito especial de pasto que ha marcado como suyo, sino pasear con él. Y es aquí donde se pone interesante la cosa…

Aibi (que deben conocer porque el 30% de mi Instagram está dedicado a ella) es una peluda especial, amorosa y dulce con humanos, tolerante y amistosa con peludos pequeños del sexo masculino y desconfiada a morir de peludas hembras… Ladra, rehuye y muestra colmillo. Hablé más a fondo sobre este tema aquí.

Se imaginarán entonces que con la mudanza a este lugar de departamentos pequeños y parques públicos gigantes nos hemos enfrentado a la inevitable realidad: sacar a Aibi al mundo y aprender a manejarla frente a otras peludas de 4 a 5 veces al día. Lo temíamos como una pesadilla creada por Stephen King e incluso tratamos de buscar alternativas… ¿Y si compramos un pastito sintético y lo lavamos diario? ¿Y si contratamos uno de esos servicios modernos que nos traiga un pedazo de pastito natural en una caja? (Sí, sí existe semejante cosa. Aquí la prueba.) ¿Y si la enseñamos a hacer en un pañal? Ninguna solución parecía la adecuada y a mi la ansiedad me estaba volviendo loca (lo cual no es raro en mi).

¡No, por favor! ¿Y si se embronca con otra peluda? ¿Y si se me escapa? ¿Y si la ataca un perro? ¿Y si me jala, me tira, huye y la atropella un coche?

Mi mente viaja a lugares insospechados de obscuridad y dramatismo (lo cual tampoco es raro en mí).

Y mi Moreno, que es talentoso para sacarme de mis películas mentales, se limitó a señalar lo siguiente:

  • La llevas sujeta a una correa y pondrás distancia entre ella y perros desconocidos.
  • La llevas sujeta a una correa y pondrás atención en no soltar la correa.
  • No hay forma de que Aibi te tire porque… #LeyesDeFísica

Mi mente dejó de divagar y sentirse escritora de Mujer Casos de la Vida Real y me enfoqué en cómo podría hacer de los paseos algo más grato para Aibi y de pasadita para mí. Decidí armarme con un trozo de salchicha (sí, los Moreno Vegetarianos compramos salchichas para Aibi), el clicker con que el entrenador trabajaba con Aibi en León, un arnés diseñado para sobrevivir un choque automovilístico, una correa prácticamente amarrada al brazo y sus bolsitas ecológicas para la popó porque #CalentamientoGlobal y salí valientemente a enfrentarme al mundo de Godínez Neoyorquinos y sus correspondientes peludos.

Los primeros dos meses el jaloneo, los ladridos y el nerviosismo de Aibi era constante y creo, sin duda alguna, que obedecía a que su peludo cerebro estaba tratando de entender qué estaba pasando…

¿Dónde estamos? ¿Todo esto es mi nuevo jardín? ¿Quién es toda esta gente? ¿Por qué me quieren tocar? ¿¡DE DÓNDE SALIERON TODOS ESTOS PERROS!? ¡VÁYANSE! ¡No, no dejes que se me acerquen! ¡Gordita*, vámonos a León! ¡Sí, sí veo la salchicha pero todo esto es demasiado para mí!

Moreno perdió la paciencia mucho antes de lo que esperaba y al no ver resultados inmediatos (en su mundo de computadoras las cosas funcionan o no funcionan y punto) decidió que la sacaría, lo sufrirían y ni modo. Yo por mi parte decidí que la adversidad no me vencería (JAJAJAJA no es cierto, soy más necia que la m·$%·) y decidí que lograría que Aibi caminara tranquila aún en presencia de otros peludos así fuera lo último que hiciera. Mi intención no era que interactuara con ningún peludo, simplemente pensé que podía lograr que caminara tranquilamente por la calle, sin jalonearse, sin ladrar y sin sentirse intimidada/atemorizada por otros perros.

No me dejé vencer, siento que cada vez estoy más cerca de lograrlo y puedo decirles que disfruto enormemente sacar a Aibi y ver su progreso. Me gusta pensar que le estoy regalando la oportunidad de vivir más tranquila y de entender que la convivencia con otros perros puede ser cordial y pacífica. Incluso ha habido acercamientos con peludos que ahora podemos llamar amigos; gracias al trabajo con la salchicha (suena a albur pero no lo es) y el clicker, Aibi ha podido acercarse a peludos machos de raza pequeña y jugar (bonito y siempre con su correa), sentarse junto a ellos e incluso compartir premios y caricias. Las personas (con únicamente dos excepciones) han sido sumamente comprensivos y han entendido que si no permito que Aibi se acerque a sus peludos es únicamente por Aibi.

Tener un peludo es una enorme responsabilidad y cuando uno rescata y/o adopta a un peludo tiene que estar consciente de que no sabemos lo que haya vivido antes de que entráramos a su vida. Tenemos que ser comprensivos, pacientes, amorosos y tan comprometidos como lo seríamos con un miembro de nuestra familia humana (sin importar qué tanto trabajo y esfuerzo conlleve).

* No sé por qué pero estoy segura de que si Aibi hablara con palabras humanas me llamaría Gordita a mí y Flaquito a Moreno. Bien observadora ella.

 

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1 Comentario

  • Responder Juan Luis Alberto Escárcega Rincón 5 julio, 2017 a las 7:45 pm

    Muy buena toda tú disertación referente a Aibi mi Dany; no cabe duda que con una mascota bien querida y bien tratada (aunque se le considere muy consentida también) los seres humanos son más completos y mucho mejores seres.
    Me gusta mucho tú forma de expresarlo, y cómo no iba a ser así, si eres mi Hija Adorada. 😘🙋❤

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